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Temas Argentinos

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Categoría: Tango

30 Marzo 2011

PERONISMO Y CENSURA

 

 (Adelanto del libro de Juan Carlos Jara "Voz de alondra. Una biografía de Nelly Omar", a ser publicado este año por la editorial del Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche, de Merlo, en su colección "Nomeolvides").  

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Hasta esos días iniciales de la década del ‘50 la entusiasta adhesión de Nelly al gobierno peronista se había traducido básicamente en ofrecer su tributo artístico a cuanta jornada de celebración oficial tuviera lugar.  

En muchas ocasiones ella misma ha contado que esa labor de simpatizante desinteresada no le valió ningún tipo de prebenda o, simplemente, de remuneración por su trabajo. Como Martín Fierro, también Nelly podía haber cantado: "dentro en todos los barullos / pero en las listas (de cobro) no dentro".

A título de ejemplo verificamos su presencia en la celebración del "Día de la Lealtad" de 1949,  actuando junto a Charlo y Mercedes Simone, en una emisión radial organizada por la subsecretaría de Informaciones que se transmitió en dúplex a todo el país por las radios El Mundo y del Estado (hoy Nacional). En esa ocasión la acompañaron las guitarras de Grela, Zaldívar y Márquez. Al año siguiente, el 4 de junio participa de un programa similar por radio del Estado, junto a Charlo, Agustín Irusta y Sabina Olmos.

No obstante su vieja amistad con Eva Perón, ésta no fue aprovechada por Nelly para ascender con ayuda oficial algún escalón más en su carrera artística. Sólo una vez, y no porque Nelly se lo pidiera, Evita intercedió para que se le ofreciera un contrato en radio Splendid.  "Ella no entendía cómo los compañeros no me concedían un espacio". Es que Evita admiraba verdaderamente su estilo de canto "y mucho más que cantara las cosas nuestras".  Retribuyendo ese gesto, pero más que nada por su firme convicción interior y como aporte a la campaña por la reelección presidencial de Perón, Nelly estrenará en radio El Mundo y grabará en 1951, con la orquesta de Domingo Marafiotti y el coro de Fanny Day, la marcha de Antonio Helú "Es el pueblo", dedicada a Evita:

 

Es la gente agradecida

En los campos y ciudades

Que hoy recoge las bondades

Que sembró tu abnegación.

 

Es el pueblo que te aclama,

Eva Perón.

Es el pueblo que te ama

de corazón,

 

En la faz opuesta del disco se encuentra una de las milongas que a partir de allí se vincularán más estrechamente al costado político de su personalidad, "La descamisada", del mismo Helú con versos del poeta de Bragado Enrique P. Maroni:

 

Soy la mujer argentina,

la que nunca se doblega

y la que siempre se juega

por Evita y por Perón.

Yo soy la descamisada

a la que al fin se le escucha,

la que trabaja y que lucha

para el bien de la Nación.

 

Como cada vez que el ala de la revolución comienza a agitarse, la exaltación política (hoy se le diría crispación) alcanzaba entonces grados de fervor pocas veces vistos. Pese a que aquélla, registrada bajo el sello R. C. A. Víctor, fue una grabación particular, fuera de comercio, "Es el pueblo" y "La descamisada" -sobre todo esta última- integraron desde entonces el repertorio habitual de Nelly en cada una de sus presentaciones personales.

Eran días de polarización y los artistas populares comenzaban a definirse políticamente. Por esa circunstancia habían decidido emigrar hacia México amigos de Manzi como  Ulyses Petit de Murat y Francisco Petrone y de Nelly como Libertad Lamarque. Por eso, Osvaldo Pugliese debió purgar en Villa Devoto su "culpa" de adherir públicamente al ultra opositor partido comunista. Por eso también, Enrique Santos Discépolo -una de las pocas figuras realmente geniales que diera la cultura argentina del siglo XX- decidió enajenar su tranquilidad personal con el objeto de apoyar el accionar peronista con sus monólogos de "Pienso y digo lo que pienso", difundidos por radio del Estado en 1951.

Cuenta Norberto Galasso en un insoslayable libro sobre el autor de "Cambalache", que  la presión sobre el poeta arreció a medida que la popularidad del programa crecía más y más.

Ya no es solamente el aluvión de cartas. Ahora es el teléfono y la voz anónima que arroja el insulto brutal. Y ese viejo actor de nuestra escena que lo encuentra frente al Politeama hacia el cual avanza Enrique afectuosamente con los brazos abiertos, para recibir un escupitajo y una única frase: "Sos una porquería".

 

Podrían mencionarse también las encomiendas con discos rotos -obviamente de sus tangos-, las murmuraciones injuriosas, los desaires y el vacío propiciado a  sus funciones teatrales: sólo algunas de las continuas expresiones de desprecio y resentimiento con las que el odio de la clase media "contrera" se ensañó sobre Discepolín y las que lo llevaron a la tumba en diciembre de ese mismo año. 

Nelly, amiga de Enrique y testigo de su drama, tal vez no imaginó en aquel momento, que tan exasperada animosidad contra el poeta,  era sólo un esbozo de lo que ella y tantos otros colegas suyos iban a sufrir multiplicado después de la caída de Perón.

Una digresión, que no lo es tanto: en un trabajo de 2005, el periodista Eduardo Rafael, luego de enumerar los casos de voces "acalladas" durante el peronismo como Maria Rosa Gallo, Arturo García Buhr, Delia Garcés, Pepe Arias y  Atahualpa Yupanqui, entre otros, homologa esos casos con los posteriores a 1955: "A la vez, sin saberlo -dice-, los peronistas, con sus participaciones en los masivos festivales oficiales, estaban registrando el ‘delito' que el futuro gobierno militar de facto les cobraría con la misma moneda, la de la prohibición y persecución. En este marco de irracionalidad..., etc. etc."

Coincidimos con Rafael en que resulta tácticamente erróneo y, más que irracional,  políticamente contraproducente, ejercer cualquier tipo de presión sobre las voces opositoras, como lo hizo el primer peronismo a través del subsecretario de Informaciones del Estado Raúl Alejandro Apold. Si bien es cierto que en materia de puja social no cabe exagerar la puntillosidad ni las buenas maneras, pues, como diría la poeta Juana Bignozzi, "esto es una guerra a pesar de las buenas fotos en colores", constituye una política a nuestro juicio desacertada -además de antipática y estéril-, la que se obstina en silenciar u obstaculizar la acción de artistas e intelectuales a los que, en todo caso, se debería atraer al bando de la revolución o en su defecto buscar neutralizarlos poniendo en evidencia las contradicciones y mendacidad de su conducta.

Pero al mismo tiempo nos resistimos a reconocer que se trate de "la misma moneda" aquella con la que paga un gobierno constitucional, jaqueado desde distintos ámbitos -incluso el internacional- para hacerlo desistir de su política soberana, y la de un poder reaccionario y brutal que utiliza las armas de la nación para reprimir a sangre y fuego a su propio pueblo indefenso.

Los fusilamientos del ‘56 no se pueden equiparar a las humillaciones de Jorge Luis Borges o la (auto) proscripción de Petit de Murat (firmantes ambos, dicho sea de paso, de la declaración enviada a las Naciones Unidas pidiendo la intervención armada extranjera, en enero de 1946). Pero tampoco son homologables desde el punto de vista estrictamente político, no abstracto, esas prisiones y exilios con la brutal censura sufrida por Nelly Omar, Hugo del Carril, Leopoldo Marechal, Fanny Navarro o Mary Terán de Weiss, por citar unos pocos casos notorios, porque la Revolución Libertadora se consumó con el objetivo -demostrado por cualquier análisis histórico serio- de favorecer a los grupos más retrógrados y minoritarios de la Argentina y porque el espíritu revanchista de la oligarquía fue nervio motor de esa interdicción. Hernández Arregui lo ha dicho con suma claridad  y poder de síntesis: "No es lo mismo la prisión de Victoria Ocampo que la de un obrero. Unos defienden sus rentas. Otros el derecho a la vida".

Sin perjuicio de volver al tema más adelante, concluiremos destacando dos hechos importantes: primero, que el segmento más numeroso de los artistas e intelectuales enfrentados al peronismo formaban parte de lo que hoy llamamos la "progresía", es decir sectores de izquierda y centro izquierda abstracta, en muchos casos partidarios de Stalin (con su invisibilizada carga de gulag y masacres diversas), que con su hostilidad al gobierno terminaban siendo funcionales a los designios de la derecha más recalcitrante. Segundo, que el caso de Discépolo, así como el de Manzi y tantos otros, demuestra que el "poder de fuego" de esa derecha era, en pleno apogeo peronista, enormemente poderoso aún y que el aparato cultural oligárquico - "la máquina generadora de prestigio", al decir de Jauretche, y generadora también de sentido común conservador- estaba lejos de haber sido desmantelada por el supuesto poder omnímodo del "tiránico régimen". Cualquier semejanza con realidades más actuales no es pura coincidencia.

 

 

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28 Noviembre 2010

INMIGRACION, TANGO, CONVENTILLO

 

 (Extracto de la charla ofrecida en octubre de 2010 en el marco de las Cátedras Bolivarianas de la Univerdidad de las Madres de Plaza de Mayo, bajo la dirección del profesor Daniel Ezcurra)  

 

En un libro de 1963, "Tango, discusión y clave", Ernesto Sabato publica un breve ensayo sobre el tango que comienza con este párrafo:

 

Los millones de inmigrantes que se precipitaron sobre este país en menos de cien años, no sólo engendraron esos dos atributos del nuevo argentino que son: el resentimiento y la tristeza, sino que prepararon el advenimiento del fenómeno más original del Plata: el tango.

 

     Con lo que, en verdad, se hace muy poca justicia tanto al elemento nativo: negros y compadritos, quienes sí "prepararon el advenimiento del fenómeno más original del Plata"; como a los mismos inmigrantes, a los cuales se carga con la culpa de un pecado original por lo demás inexistente.

Ya en 1956, Sabato había publicado su libro "El otro rostro del peronismo", donde atemperando el gorilismo de algunos como el almirante Rojas, pretendía separar a Perón del peronismo. Las masas eran inocentes, crédulas, potencialmente revolucionarias (eso sí, resentidas y tristes) y habían sido engañadas por un caudillo demagógico como "el tirano depuesto"... Habría que decir que otro escritor de la época, hoy revalorizado por algunos, Ezequiel Martínez Estrada, más en consonancia con  don Isaac Francisco y con el decreto 4161 decía cosas como éstas en su libro "Qué es esto" de 1956:

 

"Perón creó un cuerpo domiciliario de haraganes estafadores, no un pueblo emancipado..."

 

Y más adelante llamaba a los peronistas

 

"populacho de rateros y saboteadores que incurren en delito por el solo hecho de poner alguna esperanza en Perón".

 

Pero volviendo a lo nuestro, en "El otro rostro del peronismo" Sabato proclamaba que  

 

 Perón supo canalizar en su favor la más grande acumulación de resentimientos que registra la historia del país,

 

A lo que Arturo Jauretche replicó:

 

No, amigo Sábato. Lo que movilizó a las masas hacia Perón no fue el resentimiento, sino la esperanza...

 

Sobre este tema del resentimiento ligado al fenómeno peronista, muy meneado en aquellos años, ha escrito excelentes páginas, ¿saben quién?, Juan José Sebreli. Porque Sebreli tiene una primera época muy recomendable y sobre todo un libro sobre Martínez Estrada lleno de sensatas afirmaciones: "Martìnez Estrada una rebelión inútil" (1960). Allí afirma que

 

cualquier revolución se puede explicar fácilmente por el resentimiento de clase, porque todas tienen por causa a una clase oprimida en situación de inferioridad frente a una clase opresora.

 

Más en consonancia con la frese de Jauretche es lo de Evita, que en "La Razón de mi Vida" acepta ser una resentida pero aclarando que llegó al resentimiento por el camino del amor (a los demás) no del odio (Ver p. 213 de la primera edición).  

 

Pero Sabato habla del resentimiento y también de la tristeza, como herencia inmigratoria...

Ahora bien, si el inmigrante añora el paese lejano, la patria de ultramar, y en consecuencia, hipotéticamente, es quien tiñe de tristeza y de melancolía a la música criolla, ¿por qué negar al gaucho un parecido sentimiento de pesar y de nostalgia, en este caso por  la libertad perdida de antaño?

Motivos de querella no les faltaban, ciertamente, a uno ni a otro. Solo basta recorrer someramente el cancionero nativo anterior a la ola inmigratoria para comprobar que la añoranza y el dolor no fueron exclusivo patrimonio europeo.

Fíjense en esta copla anónima tucumana de mediados del siglo XIX:

 

¡Qué tiempos tan desgraciados!

¡Vida tan sin esperanza!

Con tanta revolución

Solo el que muere descansa.

 

Y más adelante esto que no me digan que no parece un antecedente de "Cambalache":

   

Causa una gran confusión

Ver la milicia del día,

No hay premio, no hay garantía,

Ya no se oye a la razón.

Ya no hay juez de apelación

Solo reina la venganza,

Arbitrariedá y mudanza,

Toda ley está perdida...

Ya no parece ser vida

¡Vida tan sin esperanza!

 

Evidentemente, hay en lo cultural (a la cultura popular me refiero) una línea de continuidad entre la Argentina anterior a la inmigración masiva y la que le siguió... Aunque para muchos historiadores la Argentina empieza en el 80. Alguna vez, por ejemplo, habría que estudiar con profundidad (creo que nadie lo ha hecho) el vínculo notorio entre la literatura gauchesca del siglo XIX y el cancionero popular del XX.

 

Ahora, Pedro de Paoli, acaso exagerando la nota, remonta el origen de la melancolía criolla a 1583, momento en que se produce un primer distanciamiento con respecto a los españoles a raíz de la lucha por la sucesión política de Juan de Garay. Derrotados los nacidos en estas tierras, dice de Paoli,

 

colocados en plano social inferior, se alejan hacia el campo; se internan en la Pampa y el criollismo al nacer, y desde entonces, toma una fisonomía propia; llena su mente de una reivindicación social; impregna su alma de melancolía por la injusticia de que es objeto, y sus manifestaciones exteriores: el traje, el canto, la música y el baile, toman carácter propio diferenciándose fundamentalmente de las expresiones españolas, más alegres y bulliciosas.

 

     Podrían dar razón a De Paoli estos conceptos del español Félix de Azara que en los tiempos coloniales, visitó la pampa bonaerense y se interesó por la música de los gauchos:

 

En cada pulpería hay una guitarra, y el que la toca bebe a costa ajena. Cantan "yaravís" o "tristes" que son cantares inventados en el Perú, los más monótonos y siempre tristes, tratando de ingratitudes de amor y de gentes que lloran desdichas por los desiertos. (En vez de desiertos pongamos boliches o bulines y pareciera estar hablando del tango).

 

En realidad, tanto el resentimiento como la tristeza tienen una base material, esa opresión de clase de la que hablaba Sebreli, y que tanto la sufrieron los inmigrantes como los criollos, a los que hacia el 900 vamos a encontrar reunidos e interactuando en el conventillo.

Pero volvamos un instante más a la inmigración.

La ola inmigratoria llegada de Europa a partir de las últimas décadas del siglo XIX (sobre todo a partir de la ley Avellaneda de 1876) se detuvo y volvió a proliferar en distintas ocasiones.

Primera gran oleada: entre 1880 y 1910, más  o menos.

Después del '14 muchos regresaron a su país de origen para luchar en la guerra. A partir de la crisis de 1930 también se observa una ostensible declinación y una última época de oro (o de bronce, digamos) va a ser la de parte de los ‘40 y ‘50...

De esta última época es el tango "Una carta para Italia" de Reynaldo Yiso y Santos Lípesker -no un dechado de poesía pero claramente testimonial:

Dice

 

Dos días hace, mama, que estoy en la Argentina

no me parece cierto sentirme tan feliz

si vieras Buenos Aires, que linda y que distinta

a nuestra pobre Italia, cansada de sufrir

Quisiera en esta carta, decirte muchas cosas:

que en este suelo amigo, dan ganas de vivir,

que acá soy otro hombre, que sueño a toda hora

con el día que pueda sentirte junto a mi.

 

Decile a la Rossina que siempre pienso en ella,

que yo acá en la Argentina trabajo por los dos

que cuando estemos juntos aquí nos casaremos

y juntos le daremos las gracias al Señor

 

No importa el sacrificio que has hecho por tu hijo

para que en esta tierra se forme un porvenir

besando tu retrato, yo siempre te lo digo

tendrás tu recompensa, acá serás feliz.

Aquí donde los campos conversan con el cielo

levantaré algún día el nido de mi afán,

aquí donde encontramos un bendecido suelo

que nos dará de sobra felicidad y paz

 

Y pienso en nuestro pueblo que se quedó deshecho

por culpa de la guerra, y tengo que llorar

por ti por la Rossina y por el hombre bueno

a quien nunca pudimos decir "¡Adiós, papá!."

 

El tango "Una carta para Italia" describe entonces esa última etapa de inmigración ultramarina y nos habla de una modalidad, muy común en todas las épocas de la inmigración: la llegada inicial de un solo integrante de la familia, el hombre, a veces llamado por otro pariente emigrado con anterioridad.

Ese inmigrante va a tratar de ganar dinero para después traer a su familia: su esposa, si es casado, sus hijos (la Rosina del tango), sus padres, sus paisanos.

 

En una línea similar a la del tango de Yiso vean lo que escribía un tal Girolamo Bonesso, desde Santa Fe en 1888:

 

 Aquí, del más rico al mas pobre, todos viven de carne, pan y minestra todos los días, y los días de fiesta todos beben alegremente y hasta el más pobre tiene cincuenta liras en el bolsillo. Nadie se descubre delante de los ricos y se puede hablar con cualquiera. Son muy afables y respetuosos, y tienen mejor corazón que ciertos canallas de Italia. A mi parecer, es bueno emigrar. (Por lo que se ve, no todos venían a "hacer la América" y luego emprender el regreso).

 

Pero si algunos pudieron echar buena y convertirse con el tiempo en empresarios o personajes importantes en los pueblos, la mayoría de los inmigrantes se quedaron para siempre en el conventillo o con mucho sacrificio hicieron su casita en algún barrio suburbano. Bastante parecido a los inmigrantes de países limítrofes que, mal que mal, siempre están mejor acá que en sus países de origen...

Hay un personaje, al que en España se le llamó el Indiano, que es el que luego de hacerse la América vuelve triunfador a su patria.

Por ejemplo hay un "Tango del Indiano", de la zarzuela "Los gavilanes", donde este personaje canta al volver:

 

El dinero que atesoro,

todo el oro,

nada vale para mí

comparado a este contento

que ahora siento

de verme otra vez aquí...

 

Como contracara está el otro inmigrante, el que fracasa en su aspiración primera de hacer fortuna y regresar a su patria. Lo refleja el tango "La violeta" (1930) de Cátulo Castillo y Nicolás Olivari.

 

Con el codo en la mesa mugrienta

y la vista clavada en un sueño,

piensa el tano Domingo Polenta

en el drama de su inmigración.

Y en la sucia cantina que canta

la nostalgia del viejo paese

desafina su ronca garganta

ya curtida de vino carlón.

 

E La Violeta la va, la va, la va;

la va sul campo che lei si sognaba

ch'era suo yinyín que guardándola estaba...

 

Él también busca su soñado bien

desde aquel día, tan lejano ya,

que con su carga de ilusión saliera

como La Violeta que la va, la va...

 

Canzoneta de pago lejano

que idealiza la sucia taberna

y que brilla en los ojos del tano

con la perla de algún lagrimón...

La aprendió cuando vino con otros

encerrado en la panza de un buque,

y es con ella, metiendo batuque,

que consuela su desilusión.

 

Apenas llegados al puerto, los que llegaban sin recursos, es decir la mayoría, se hospedaban en el Hotel de Inmigrantes, un oscuro edificio de la dársena norte, hasta que conseguían su primer trabajo. Y luego a buscar un techo y a recalar, casi siempre, en alguno de los hacinados conventillos que poblaban la ciudad.

Debemos aclarar de paso que el nombre de conventillo es minimizante, desdeñoso, ya que se trata del diminutivo de convento, y así se llamaba en español antiguo al prostíbulo.

Evidentemente el conventillo fue un lugar en el que campearon el hacinamiento, la promiscuidad, la miseria, en una palabra. Y donde se mezclaban todas las etnias, todos los idiomas, todas las nacionalidades. No diremos todas las clases sociales, porque las más altas obviamente ni pisaban por allí (aunque eran las propietarias de esos antros).

Los conventillos no estaban en el arrabal, estaban en el centro, como las villas o algunas villas miseria de hoy.

(Una digresión, sobre esto de villas y conventillos: hoy es muy común oír el despectivo término "villero". Desafortunadamente, quienes lo han incorporado a su vocabulario, suelen olvidar que son en su mayoría nietos o biznietos de aquellos sufridos inmigrantes maliciosamente bautizados con el mote de "conventilleros", vocablo con idénticos matices peyorativos que el que hoy lo reemplaza para hacer referencia a nuestros hermanos del interior -argentino y latinoamericano).

 

Decíamos que los conventillos estaban en el centro y no en las orillas; por eso Borges, que cuando no estaba influido por la madre o por Bioy Casares o por su odio irracional al peronismo, sabía decir cosas profundas, explica en uno de sus primeros libros que el arrabal, la orilla, más que un término topográfico fue, a principios de siglo, un vocablo de clara discriminación social. Este juicio nos llevaría directo al tema del tango en su etapa de música prohibida, pero lo vamos a dejar para otra ocasión...

 

Mejor veamos cómo era un conventillo, observado por un contemporáneo...

 En su novela de 1886 "Palomas y gavilanes", el escritor español Silverio Domínguez describe sin concesiones uno de aquellos siniestros recintos.

 

Húmedos los patios -dice -, por allí se desparramaba el sedimento de la población; estrechas las celdas, por sus puertas abiertas se ve el mugriento cuarto lleno de catres y baúles, sillas desvencijadas, mesas perniquebradas, con espejos enmohecidos, con sus cuadros almazarronados (oxidados), con sus periódicos de caricaturas pegados a la pared, y a ese peculiar desorden de la habitación donde duermen cuatro o seis, y en donde es preciso dar buena o mala colocación a todo lo que se tenga.

 

La nada amable descripción del conventillo se completa con un relevamiento no menos realista de sus habitantes. ¿Quiénes son ellos? :

 

Costureras de ropa gruesa, empleados de tramways y ferrocarriles, cesantes sin colocación, zapateros cargados de chiquillos, peones de registros y almacenes, carreros, artesanos y muchachas sueltas, que hacen la vida alegre...

 

Con ellos conviven

 

 changadores y familias de carreros, lavanderas y vendedores ambulantes, organistas napolitanos que reciben mil maldiciones en una hora el día de afinación, y pobre gente empleada.

 

 

Como vemos aquello era una mezcla de gente trabajadora, obreros, empleados, amas de casa, pequeños comerciantes. En ese mundo heterogéneo y babélico, Buenos Aires va a hacer la gran digestión de ese entremezclado racimo de nacionalidades.

El sainete es un espejo de la situación.

 

El patio del conventillo que se vio en el tablado -escribe Jauretche en "El Medio Pelo"...-, con sus tiestos florecidos, canciones, milongas, pitos de vigilantes, viejas celestinas, mozas deslumbradas por las luces del centro, trabajadores derrengados, guapos y flojos, era el escenario de esa digestión social.

 

Así, en el patio del conventillo se fueron integrando las diversas nacionalidades. Y como bien dice Jauretche el sainete -prototípicamente el de Vaccarezza- será testimonio riquísimo y ejemplar de esa integración. Es más, Vaccarezza tenía una fórmula para hacer sainetes que alguna vez expuso en esta décima:

 

Un patio de conventillo,

un italiano encargao,

un yoyega retobao,

una percanta, un vivillo,

dos malevos de cuchillo,

un chamuyo, una pasión,

choques, celos, discusión,

desafío, puñalada,

aspamento, disparada,

auxilio, cana..., telón.

 

Pero además del sainete, el otro testigo ineludible -"melancólico testigo", lo llama el propio Vaccarezza- es el tango, por cierto que íntimamente ligado por entonces al llamado género chico.

Así como en el conventillo del sainete siempre se canta o baila un tango, son innumerables los tangos de la década del 20 que desarrollan su acción, su argumento, como un sainete comprimido, en un patio de conventillo. Entre ellos uno grabado por Gardel en 1929, en el que con el telón de fondo del conventillo, el barrio en suma, durante una fiesta, cruzan el escenario pibes jugando a la rayuela, compadres, paicas taconeras, malevos compadrones y algún goruta (italiano) alcoholizado y desilusionado de la vida. Modelo notorio: "El casamiento", de Evaristo Carriego.

 

JIRON PORTEÑO, de Juan Raggi y Julio Navarrine.

 

El conventillo luce su traje de etiqueta;

las paicas van llegando, dispuestas a mostrar

que hay pilchas domingueras, que hay porte y hay silueta,

a los garabos reos deseosos de tanguear.

La orquesta mistonguera musita un tango fulo,

Los reos se desgranan buscando, entre el montón,

la princesita rosa de ensortijado rulo

que espera a su Romeo como una bendición.

 

El dueño de la casa

atiende a las visitas

los pibes del convento

gritan en derredor

jugando a la rayuela,

al salto, a las bolitas,

mientras un gringo curda

maldice al Redentor.

 

El fuelle melodioso termina un tango papa.

Una pebeta hermosa saca del corazón

un ramo de violetas, que pone en la solapa

del garabito guapo, dueño de su ilusión.

Termina la milonga. Las minas retrecheras

salen con sus bacanes, henchidas de emoción,

llevando de esperanzas un cielo en sus ojeras

y un mundo de cariño dentro del corazón.

 

Otra festividad que, como las de fin de año (ver "Un año más", de Casciani y Barreiro), congregaba a la gente en el patio del conventillo y en la cuadra del barrio era el carnaval. Una lograda pintura de un carnaval suburbano en los años 30 es "Carnaval de mi barrio", de Luis Rubinstein. También por aquí van a desfilar los habitantes del conventillo y sobre el final del tango surgirá el inmigrante, un tano verdulero, de sonrisa amarga que sentado en la vereda, mastica su cachimbo (pipa) mientras evoca con nostalgia su lejano paese.

Si nos pusiéramos a enumerar tangos relacionados con esta temática tendríamos para varias horas: "Giuseppe el zapatero", "Dejá el conventillo", "Galleguita", "Acuarelita de arrabal"... El repertorio de Gardel está colmado de estos tangos...

 

Pero más allá de todo, lo que se observa en ellos es la integración, la asimilación del inmigrante al mundo del conventillo en el que interactúa con personajes de todas las nacionalidades. En el sainete "Mustafá" lo dice muy bien Armando Discépolo:

 

...nel conventillo todo ese armonía, todo se entiéndono: ruso co japoneses; franchese co tedesco; italiano co africano: gallego co marrueco. ¿A qué parte del mondo se entiéndono como acá: catalane co españole, andaluce co madrileño, napoletano co genovese, romañolo co calabrese? A nenguna parte. Este é no paraíso. Ese na jauja. ¡Ne queremo todo!      

 

 

Esa fácil asimilación se logra por varias causas. Según Hugo Ratier  porque "el bajo nivel de instrucción del inmigrante" la favorece. Pero lo más importante está en la idea de Homero Manzi que decía que el inmigrante, sobre todo el italiano, mayoritario, se asimiló porque se impuso como arquetipo propio al hijo del país, al gaucho y no a algún personaje de su patria, como Garibaldi, por ejemplo. Pese a los temores de Ricardo Rojas, el mejor, el de "La restauración nacionalista", el peligro de que se conformara entre nosotros una Italia de ultramar (aspiración de algunos políticos romanos) nunca se llegó a concretar.  Uno de los mejores ejemplos de la asimilación de que hablábamos es el personaje de  Cocoliche, que hace reír por la media lengua graciosa, pero en el fondo es un homenaje del italiano bozal que trata de hablar en criollo o en porteño.

 

En definitiva, aunque nos quedan infinidad de cosas en el tintero, creo que la mejor síntesis de la cuestión está en esta parodia de Guido Spano escrita por el ucraniano César Tiempo (Israel Zeitlin):

 

 "¡Yo nací en Dniepropetrovsk!

No me importan los desaires

con que me trata la suerte.

¡Argentino hasta la muerte,

yo nací en Dniepropetrovsk!"

 

Gracias.

 Juan Carlos Jara

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13 Diciembre 2009

DISCEPOLO: UNA VOZ QUE NO CESA

 

Siempre es bueno recordar a Enrique Santos Discépolo. Artista múltiple, "pequeño gigante" -como lo llamó Manzi-, dolido vate de la peripecia nacional que en todos los ámbitos en que le fue dado desenvolverse supo dar muestras acabadas de su "talento enorme", de su sensible lirismo pletórico de humanidad y compromiso, de su total, insobornable entrega a la causa de las mayorías.

 

 

"En el largo y penoso diálogo de mi vida no he tenido más interlocutor que el pueblo. Siempre estuve solo con él. Afortunadamente con él. El Pueblo me devolvió la ternura que le di y yo -fulano de tal- soy el hombre que conversa con la multitud como con su familia y cuenta, en voz alta, lo que la multitud -que es él o igual a él-ansía que le digan" (ESD, 1947)

 

Ignoradas por buena parte de sus admiradores tangueros, palabras como estas no se compaginan fácilmente con la imagen masoquista y escéptica que del poeta ha sabido delinear -con su larga sabiduría de omisiones y silencios- la maquina cultural colonizante.

 

"Grité el dolor de muchos, no porque el dolor de los demás me haga feliz, sino porque de esa manera estoy más cerca de ellos". (ESD, 1947)

 

¿Este es el tan mentado masoquismo de Discépolo? ¿Éste su escepticismo, su "desencantada concepción de la vida"?

 

"El hombre nace para vivir y la vida es un premio. El más grande, quizás, el más lindo. Y ha de morirse el hombre por su cuenta, por sí mismo, sin que el Estado haga lo posible para que se muera desde que nace; sin que el mejor dotado lo aplaste, porque es más débil; sin que las diferencias de mejor fortuna hagan de la comunidad una mezcla de diez dichosos contra nueve mil novecientos noventa desdichados" (ESD, 1951)

 

No. Discépolo no era un hombre escéptico, pesimista, frustrado. Tal vez de la lectura apresurada o prejuiciosa de sus tangos pueda surgir esta convicción. Pero, por otra parte, no todo él está en las letras de sus tangos.

Jauretche decía que Discépolo "tiene dos imágenes: la de antes del 45 y la de después..."Es decir, la de sus tangos amargos y testimoniales y la de su adhesión fervorosa a la causa de la revolución nacional.

Resulta entonces mutilada, falsa, inmerecida esa imagen de filósofo descreído, de moralista intemporal que supo fabricarle la crítica colonizada. Discépolo fue un hombre de su tiempo y, como tal, enjuició desde sus tangos y "grotescos" teatrales a la Argentina semicolonial que se derrumbaba en la Década Infame. Eso, mientras Borges "fatigaba" los ocasos suburbanos en pos del cuchillero esencial, y Raúl González Tuñón, -en el otro extremo del espectro ideológico- ponía su lira stalinista  al servicio de la República...Española. Y si estos fueron coherentes en su posición antiperonista posterior, también lo fue la actitud de Discépolo, jugado del lado popular después de las gloriosas jornadas del 45. No es su culpa si este costado de su personalidad permaneció en la penumbra. Como no lo es tampoco el hecho de que sus tangos mayores ("Qué vachache", Cambalache", "Yira yira") parezcan escritos hoy mismo, no hace más de medio siglo.

Sin embargo, ¡cómo le dolería al poeta esa machacona, inquerida persistencia de sus versos amargos en esta Argentina del siglo XXI! A él, que si alguna vez pudo exclamar: "¡Quién más, quien menos pa malcomer somos la mueca de lo que soñamos ser", muchos años después, apelando a la buena fe de Mordisquirto, sabría invitar, con su voz de grillo, insistente, tenaz, esperanzada:

 

"Dejá el pasado... ya está en la percha. Colgado junto a un montón de desencantos. Ahora una nueva conciencia argentina limpia el camino que empieza en el asfalto de la estrella porteña y termina al pie de una chirimoya tucumana calentada por el solcito de Tafí". (ESD, 1951)

 

Este es el Discépolo que queremos reivindicar a cincuenta y nueve años de su partida física: el Discepolín del entusiasmo y la alegría, de la Argentina que soñamos, de la Argentina que indefectiblemente será.   

 

jcj

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8 Septiembre 2009

CHAU, ALORSA

 

 

"Ya Tata Dios no es argentino", dice Alorsa (Jorge Pandelucos, 1970-2009) en "La cría del Plata", el tango suyo que a nosotros más nos gustaba. Y el 30 de agosto pasado tuvimos la demostración cabal de que el Gordo tenía razón. Porque si con él se nos fue un amigo entrañable y generoso al que seguimos llorando, su partida -insospechada y cruel- es más dolorosa aún por lo mucho que la canción popular argentina se priva con su pérdida. Porque, pese  a su modestia y a su nada ostentoso modo de conducirse, el Gordo Alorsa era un talento de esos que la canción popular no prodiga con demasiada frecuencia. Y como suele suceder -en este tinelizado mundo en que vivimos- su enorme capacidad era inversamente proporcional al escueto tamaño de su fama. Tenía 38 años -cumplía 39 el próximo noviembre- pero los públicos más vastos todavía no lo conocían, un poco en razón de que su ingreso al mundo del tango era reciente, pero en mayor medida porque la poesía de Jorge era sabiduría popular en estado puro, ésa que para los gerentes de contenidos de nuestros medios representa lo que el ajo para Drácula o para Superman la piedra kriptonita.

Trayendo consigo toda su experiencia vital de muchacho de barrio, de vagabundo vocacional puesto a "tachero", de hombre para quien nada de lo humano -sacro o profano- resultaba ajeno, el Gordo Alorsa ("cantautor y enólogo", como gustaba definirse) se había convertido en poco tiempo en artista de culto, en un poeta casi secreto seguido con unción por un grupo de admiradores en constante crecimiento. Porque si aún no era un artista masivo no nos caben dudas de que le sobraban condiciones para llegar a serlo. Seguros de ello, lo instamos muchas veces a que se aventurase por los arduos meandros del medio tanguero de Buenos Aires, convencidos como estábamos de que su arte (y muy especialmente su poesía) sabría entrar con paso de triunfador en la gran ciudad que el tango hiciera suya. Porque Jorge Pandelucos era el poeta que el tango esperaba desde hace, por lo menos, un cuarto de siglo. Sus tangos, sus milongas, candombes y valsecitos poseen la frescura y la profundidad que los grandes maestros del género supieron instilarle a nuestra canción, con el añadido, claro, del soplo nuevo, contemporáneo que el Gordo y su "Guardia Hereje" sabían brindarle. Por eso, pese a su mutis inesperado e incomprensible, nos inclinamos a profetizar que la huella de Alorsa va a perdurar en el género que otrora honraron los Manzi, los Discépolo, los Cátulo, los Celedonio... Quien supo escribir: "No sé si soy feliz o la tele me ha engatusao"; quien supo decir: "Jesús se las tomó y dejó una cruz de identikit"; quien supo cantar: "no es posible un mundo mejor con árbitros bomberos", no puede irse así nomás. Y el Gordo no se fue.         

 

Juan Carlos Jara

 

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17 Agosto 2009

JOSE GONZALEZ CASTILLO (2)

 

 ORGANITO DE LA TARDE (*) Una anécdota.

Cátulo Castillo no había concluido aún el  bachillerato, cuando, a los 17 años, compuso su primer tango famoso: "Organito de la tarde", titulado así por su padre y también por su padre inscrito en un concurso organizado por la empresa de Max Glücksmann. Éste era un inmigrante ucraniano que había llegado al país en los días de la revolución del Parque (1890) y en poco tiempo había erigido un emporio que incluía cadenas de cines,  teatros, grabación de discos, distribución de películas, etc. En 1924 tuvo una excelente idea: organizar un certamen de tangos inéditos. La iniciativa prosperó y los concursos del Disco Doble Nacional Odeón (don Max tenía la concesión de esa marca en nuestro país) se prolongaron año tras año, con éxito creciente, hasta 1930, el año de la crisis.

     Cátulo interviene en el de 1924 obteniendo el tercer premio, detrás de Canaro y Lomuto y precediendo a figuras de gran predicamento como Filiberto, Delfino y Arturo De Bassi, entre otros. "Así me lancé a la vida profesional -recuerda Cátulo- con la protesta de los músicos consagrados, quienes creían que yo estaba arreglado por mi padre".

     Conviene recordar que, para entonces, don José era empleado de la casa Glücksmann, por lo cual la suspicacia de los músicos consagrados tenía cierto asidero. Por otra parte, el sistema de votación daba lugar a toda clase de resquemores. El que elegía era el público presente en la sala (las distintas rondas se llevaron a cabo en el cine y teatro "Gran Splendid"), a través del talón de la entrada, y la comisión de escrutinio la integraban empleados de confianza de la empresa organizadora. El más ofuscado de todos los contrincantes de Cátulo fue, el de por sí irascible, Juan de Dios Filiberto. Poco antes de discernirse los primeros premios, el autor de "Caminito" llamó a don José en un aparte y lo encaró:

     "- Usted lo está echando a perder al mocoso ese, porque va a entrar en la competencia final conmigo. Si me gana, sepa, señor Castillo, que yo me he criado matando vigilantes.

     "Mi padre se paró y agrandándose le dijo:

     "-¿Usted se ha criado matando vigilantes? Sepa que yo me crié matando sargentos. Les daba dos puñaladas de ventaja y los cagaba a patadas".  

     Filiberto quedó quinto con su tango "Amigazo" y aunque la sangre no llegó al río, la realidad es que sus sospechas no resultaban infundadas. José González Castillo se lo explicó cierta vez a Francisco García Jiménez: "Creí comprender en seguida cómo era el jueguito del concurso. Si cada entrada al cine equivalía a un voto, y viceversa, ganaba en fija el competidor que sacaba más entradas en la taquilla". Convencido de la calidad de la obra y de la vocación musical de su hijo, don José decide incidir en el veredicto "popular". "Me largué a sacar montones de entradas y convertirlas en votos desde la primera rueda". Cuando llegó la fecha de cierre, "resuelto a endeudarme si era necesario, para que mi hijo ganara, corrí al Grand Splendid a sacar entradas por talonarios enteros. Y allí me enteré con amarga sorpresa de que no quedaba a la venta más que una discreta cantidad. El resto ya había sido despachado".

     Se le habían anticipado sus rivales, es decir Canaro y Lomuto, estrellas del Disco Nacional, la empresa de Glücksman. "Yo me fui rabioso con  las magras entradas que conseguí. Y esa noche la urna dio el primer puesto a Canaro, el segundo a Lomuto y el tercero, lejos, a Cátulo".

 

     De Juan Carlos Jara, "Barro de arrabal. Vida y obra de Cátulo Castillo", Ediciones del Instituto Arturo Jauretche, Bs. As., 2008.

  (*) Letra, partitura y versión instrumental por la orquesta de Cristóbal Herreros en http://www.todotango.com/spanish/las_obras/letra.aspx?idletra=360

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24 Junio 2009

HOMERO MANZI: LETRAS PARA LOS HOMBRES

 

 

Cuando hacia 1927 Homero Manzi deja el servicio militar y le comenta a su amigo Arturo Jauretche: "estoy frente a dos caminos, ser un hombre de letras o hacer letras para los hombres", el futuro poeta de "Sur" ya tenía largamente decidida la opción. Que en realidad es una disyuntiva a la que se enfrentan todos los intelectuales de un país dependiente; ser hombre de letras no significaba, como aún piensan muchos, desechar un destino de literato grande, de poeta culto en aras de abandonarse generosamente en brazos del pueblo. El verdadero hombre de letras es el que hace letras para los hombres. En nuestros países, en cambio, ser hombre de letras significa repetir, con mayor o menor talento, las viejas mentiras del aparato ideológico, colaborando en la colonización pedagógica de las masas. Ser hombre de letras entre nosotros es avenirse a las ideas de la clase dominante -en el caso de Manzi, la vieja oligarquía agraria aliada al imperialismo inglés-,  asentadas sobre estos dos fundamentos:

1) sobrevaloración de lo metropolitano,

2) menosprecio de lo propio, especialmente de lo popular.

 Manzi reaccionó contra eso, por convicción política y humana, y optó por la única opción válida de aquella disyuntiva, optó por la barbarie contra la civilización, como antes había optado por el yrigoyenismo contra el cosmopolitismo conservador. Y de esa convicción van a surgir sus poemas, sus películas, sus glosas radiales, sus crónicas periodísticas. A diferencia de los hombres de letras -como Borges, como Mallea, como tantos otros- Manzi no se asustó de los medios de comunicación masiva, no creyó que fuera menos poeta porque escribiera letras de tangos, ni porque sus obras completas jamás fueran contenidas en libro.

 

JUAN CARLOS JARA

(Fragmento de un libro en preparación).

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30 Octubre 2008

UN TANGO PARA YRIGOYEN

Corría 1927 e iba tocando a su fin el gobierno de Marcelo T. de Alvear, representante de los “galeritas” o “antipersonalistas”, el sector más conservador del Partido Radical y, por lo tanto, no muy querido por la masa del pueblo (incluidos muchos radicales) que al año siguiente lo va a despedir de la presidencia con silbidos y abucheos. Hipólito Yrigoyen -número puesto para sucederlo- tenía 75 años y en apariencia pocas ganas de volver a empuñar el bastón presidencial. De ese momento son algunos tangos que lo instan a presentarse. Por ejemplo, en el titulado “Presidente”, de Mansilla y Doménech, los autores apelan a las tradiciones partidarias: “Por la sangre generosa del histórico noventa, / por los mártires caídos en el credo de su fe, / don Hipólito Yrigoyen hoy el pueblo te reclama / como aquel doce de octubre de mil nueve dieciséis”.

Finalmente, el 24 de marzo de 1928, en el teatro de la Opera se proclama por amplia mayoría la fórmula Yrigoyen- Beiró y, como dice un historiador, “contra lo que podía suponerse, Yrigoyen aceptó en el acto”. En rigor, no otra cosa podía esperarse de un político de estirpe como él.

A partir de allí, la adhesión popular hacia Yrigoyen se exacerba aún más. Un visitante extranjero, el socialista belga Emilio Vandervelde lo testimonia de este modo: “Recórrase la Argentina y en todas partes, en las paredes de Buenos Aires o de Rosario, sobre las rocas de las sierras de Córdoba, en los Andes como en la Pampa; allí donde se encuentra una superficie sobre la cual pueda hacerse un graffiti, se encontrará el nombre de Yrigoyen , la invitación a votar por Yrigoyen, el retrato de Yrigoyen, pintado al óleo o al alquitrán, grabado en la piedra por manos tan devotas como inhábiles”.

En ese tiempo no había asesores de imagen pero, por lo visto, el viejo caudillo de Balvanera no los necesitaba.

Dentro de esa campaña para las elecciones del 28 –finalmente ganadas en forma “plebiscitaria” por el líder radical-, se inscribe el tango “Hipólito Yrigoyen”, grabado en diciembre del ‘27 por Ignacio Corsini.

Puede escucharse, entre otras, en la siguiente dirección:

http://institutonacionalyrigoyeneano.blogspot.com/2008/06/homenajes-hiplito-yrigoyen.html

jcj

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2 Septiembre 2008

APUNTES PARA UNA BIOGRAFIA DE CELEDONIO FLORES (II)

Flores llegó a estudiar hasta el tercer año del comercial. Luego abandonó la escuela secundaria y se empleó en un comercio donde en sus ratos libres copiaba en un cuaderno de contabilidad poemas de Nervo, Darío, Ugarte, Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Lugones, Salvador Rueda, Oyuela, Banchs, Herrera y Reissig, Almafuerte. Eran los poetas más renombrados de la época y el joven Celedonio anhelaba escribir como ellos. “Te voy a contar –comentó alguna vez-. A esa edad en que se hacen versos, ensayé los míos. Quise hacerlos delicados, sutiles, finos...pero había grandes contras en el camino... ¿Cómo te ibas a tirar contra Amado Nervo o Rubén Darío? El naipe no daba pa tanto, hermano”.

La humildad (¿o socarronería?) mostrada por Flores en este fragmento, se transforma en orgullo de neto cuño suburbano en el poema “Punto alto”, donde conversando con su colega Enrique Dizeo, le señala:

Vos dejá que otro le cante a la dama presumida,

a la albura de los cisnes, al encanto del Trianón;

cada cual hace su juego en el monte de la vida

y se apunta a la baraja que le canta el corazón.

¡Qué sabemos de marquesas, de blasones y litera

si las pocas que hemos visto han sido de carnaval!

¡Que nos pidan un cuadrito de la vida arrabalera

y acusamos las cuarenta y las diez para el final!

Seguramente por ese motivo y, según su propio testimonio, “un día que estaba bien seco, uno de esos días en que uno sueña con la lotería sin tener el billete, me abrí de esa parada elegante y escribí Margot...”

“Margot” se llamó en un principio “Por la pinta” y fue solo un poema con el que Celedonio ganó a los 18 años un concurso poético organizado por el vespertino “Última Hora”. Le pagaron la abultada cifra de cinco pesos pero logró algo infinitamente más importante: que lo leyera Gardel, a instancias del cual, su guitarrista, el negro José Ricardo, le puso música de tango. El Gran Cantor ya advertía, con inocultable agudeza, las posibilidades de éxito de la obra y las condiciones promisorias de su joven autor. Dicen que cuando Gardel vio a Flores por primera vez, le preguntó, con su gracejo habitual: “pero quien te escribió esto, ¿tu tío?”.

Con “Margot”, Celedonio inicia su serie de apóstrofes a las chicas del suburbio que no dudan en prostituirse con tal de huir de las garras de la miseria, a la que las tiene destinadas el injusto sistema social con el que el poeta tampoco se aviene. ¿Por qué entonces el reproche y no la justificación?

Nicolás Olivari –contemporáneo de Flores-, en su parodia de “La costurerita que dio aquel mal paso”, de Carriego, había dicho con cínico realismo: “¡Pobre la costurerita que dio el paso malvado! /Pobre si no lo daba… que aún estaría, / si no tísica del todo, poco le faltaría”.

Flores, en cambio, se encara con ese mismo personaje, tan habitual en la farra nochera de la Argentina alvearista, y le enrostra:

Son mentiras no fue un guapo haragán y prepotente

ni un cafishio veterano el que al vicio te largó.

Vos rodaste por tu culpa y no fue inocentemente,

berretines de bacana que tenías en la mente,

desde el día en que un jaileife de yuguiyo te afiló.

Esa actitud condenatoria de Flores, en sintonía con la óptica de los sectores dominantes –más carente de “valores morales” que de cruda hipocresía- tiene sin embargo una raíz diferente. La dicta un sentimiento de fidelidad al barrio, al humilde hogar proletario –normalmente una pieza de conventillo-, regido por la figura materna, sufrida y trabajadora y al que, desde el punto de vista del poeta, ha traicionado la “pelandruna abacanada” que nacida Margarita ahora se hace llamar Margot:

Ahora vas con los otarios a tirarte de bacana

a un lujoso reservado del “Petit” o del “Julièn”.

Y tu vieja, pobre vieja, lava toda la semana

pa’ poder parar la olla con pobreza franciscana

en el triste conventillo alumbrado a kerosén.

Pocas veces como en esta estrofa de Flores se retrata con más claridad el contraste entre dos mundos: el de los desaprensivos “bacanes” -es decir oligarcas- y el de la sacrificada madre, representación de toda una clase sojuzgada por aquellos, a los que, sin embargo, el poeta no deja de considerar meros “otarios”. ¿Por qué? Flores nos lo responderá en otros tangos, como “Muchacho”, por ejemplo. Pero ése será tema para tratar con mayor extensión más adelante.

( Continuará)

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Sobre mí

Nací en Avellaneda, me crié en San Francisco Solano y estoy radicado en La Plata desde 1982. Soy profesor de Historia, recibido en la UNLP, y me he desempeñado conduciendo programas de Tango, otra de mis pasiones, en radio Provincia de Buenos Aires (AM 1270), emisora pública del primer estado argentino, en cuya discoteca cumplo funciones desde hace más de tres lustros. He publicado “Rivadavia, las provincias y la burguesía comercial porteña” (1999), en colaboración con Norberto Galasso, y participé, con una decena de biografías, del volumen conjunto “Los Malditos” (editorial Madres de Plaza de Mayo, 2005). En 2006 obtuvo el primer premio en el concurso organizado por el SIESE de Córdoba, con la monografía “Manuel Ugarte, precursor del nacionalismo popular”. También cultivo la poesía de temática popular y lenguaje coloquial urbano. En este carácter he logrado en el año 2000 el primer premio del concurso organizado por el Círculo de Poetas Lunfardos de la ciudad de Buenos Aires, dependiente de la Academia Porteña del Lunfardo. Tengo en preparación una “Historia social del tango” y una biografía del poeta y músico Cátulo Castillo.

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